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Foto microscopio células carcinoma folicular tiroides
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Conoce a fondo el carcinoma folicular de tiroides

Los carcinomas foliculares de tiroides y los carcinomas de células Hürthle son tipos diferentes de cáncer de tiroides, pero muchas veces se consideran en la misma categoría. Los primeros son más propensos a diseminarse a los pulmones o los huesos, mientras que los segundos afectan en mayor medida a los ganglios linfáticos del cuello.

Son difíciles de diagnosticar porque, aunque se observan anomalías en las células, no tienen características claras, a diferencia de lo que sucede con las células del carcinoma papilar. Si una biopsia de aguja no ofrece un resultado claro, se practica una cirugía para observar las células del tumor en el microscopio y hacer un diagnóstico diferencial. En ese procedimiento se extirpa la mitad de la tiroides en la cual se ha localizado la anomalía.

Según la Sociedad Americana de Cáncer, sólo dos de cada diez tumores foliculares son casos de cáncer. Cuando eso queda establecido, se practica una segunda intervención y se extirpa toda la tiroides, aunque el procedimiento solo es necesario en unos pocos pacientes.

El cáncer folicular de tiroides representa entre el 10% y el 15% de todos los casos de cáncer tiroideo, lo cual le convierte en el segundo tipo más frecuente después del carcinoma papilar de tiroides. Junto con este último, está dentro de la categoría de carcinomas diferenciados de tiroides.

Los científicos han observado variaciones geográficas importantes en la incidencia de este tipo de cáncer, con mayor proporción de casos en las zonas en las que la dieta es pobre en yodo. Otros factores de riesgo que se han contemplado son la edad (es más frecuente a partir de los 50 años) y los factores genéticos, aunque no se han descrito con precisión.

La primera línea de tratamiento del carcinoma folicular es la extirpación quirúrgica del tumor. Es prácticamente universal el tratamiento diario con levotiroxina después de la cirugía.

Por otro lado, se ha observado que los pacientes que por sus circunstancias individuales tienen un alto riesgo de recaída, o en personas en las que se ha observado la propagación del cáncer a los ganglios linfáticos del cuello u otros tejidos pueden beneficiarse de la terapia con yodo radiactivo. Cuando se trata de una forma de cáncer que no responde al yodo, se recomienda realizar radioterapia para tratar el tumor.

El pronóstico de los pacientes con enfermedad metastásica (diseminado a otras partes del organismo) depende de cada caso, pero en la mayor parte de las personas a las cuales se diagnostica la enfermedad suelen obtener buenos resultados con las terapias existentes, similares a los de las personas que han desarrollado un cáncer papilar de tiroides.

Tras el tratamiento, el seguimiento será particularmente intenso durante cinco años, adaptándose al riesgo de progresión de cada persona. Para los pacientes de bajo riesgo (jóvenes, con lesiones de pequeño tamaño o tumores ‘mínimamente invasivos’), los análisis de sangre para medir los niveles de tiroglobulina pueden ser suficientes. En personas con niveles elevados de la hormona u otros factores de riesgo, se suele recomendar rastreo corporal con yodo de forma periódica.

Muy pocos pacientes con cáncer de tiroides necesitan radioterapia externa o quimioterapia. De hecho, hay investigadores que han propuesto recientemente que la forma menos agresiva de la enfermedad, que se conoce como carcinoma folicular mínimamente invasivo, se trate como un tumor benigno y no como un cáncer. De acuerdo con este planteamiento, no serían necesarios ni la extirpación de la glándula tiroides ni la terapia con yodo radiactivo. Los investigadores que apuestan por este abordaje argumentan que los carcinomas foliculares mínimamente invasivos se comportan en realidad como adenomas (tumores benignos), con una supervivencia del 100% tras 16 años de seguimiento de los pacientes.

 

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